Psicomotricidad Infantil: ¡A ejercitarla!

 “¡No corras!” ¿Cuántas veces oímos a padres o madres gritándolo en la calle, en las tiendas o a la salida del cole? Y si hay un rasgo característico de l@s niñ@s, es que no paran, no paran de moverse, de saltar, de correr, de jugar. Y, aunque a veces puede ser agotador, resulta, que están en pleno ejercicio de su psicomotricidad infantil.

La psicomotricidad es un aspecto muy importante en el desarrollo de l@s niñ@s y en la cual la intervención educativa es necesaria y tiene un gran peso. Su objetivo es el desarrollo de las posibilidades motrices, expresivas y creativas a partir del cuerpo. La psicomotricidad centra su actividad en el movimiento, de hecho, considera al movimiento como medio de expresión, de comunicación y de relación del ser humano con los demás.

La psicomotricidad desempeña un papel en la formación armónica de la personalidad, ya que el niño no solo desarrolla sus habilidades motoras, sino que integra interacciones a nivel de pensamiento, emociones y socialización. En edades tempranas, l@s niñ@s aprenden el significado de las emociones y, a través de los gestos de la cara, pueden representar las mismas. Por ejemplo, aprenden que si quieren expresar la felicidad, tendrán que dibujar una sonrisa con la boca.

La “psicomotricidad” como un concepto engloba diversas áreas de intervención: Esquema Corporal, Lateralidad, Equilibrio, Espacio, Tiempo-Ritmo, Motricidad Gruesa y Motricidad Fina. En resumen, se refiere al control que es capaz de ejercer un niño sobre su propio cuerpo.

En este post, haremos hincapié sobre la áreas de la motricidad. Se divide en “gruesa” y “fina”, dependiendo de si hablamos de coordinación de movimientos amplios, o si hablamos de movimientos de mayor precisión, en los que es fundamental la utilización simultánea del ojo y la mano. Hoy, nos centraremos en la motricidad fina y la importancia de su buen desarrollo desde las más tempranas edades.

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Desde muy pequeño, es importante que el niño adquiera habilidades en la coordinación óculo-manual y en la motricidad facial, fonética y gestual, para conseguir un óptimo desarrollo de su motricidad fina.

El control de la motricidad fina consiste en la coordinación de músculos, huesos y nervios para producir movimientos pequeños y precisos. Son movimientos de poca amplitud realizados por una o varias partes del cuerpo y que requieren una ejecución exacta. Un claro ejemplo de control de la motricidad fina es recoger un objeto pequeño con el dedo índice y el pulgar.

L@s niñ@s desarrollan destrezas de motricidad fina con el tiempo, al imitar a su entorno, al practicar y cuando les enseñamos. Para aumentar el control de la motricidad fina, necesitan conocimiento, coordinación, fuerza muscular y una sensibilidad adecuada.

El desarrollo del control de la motricidad fina es el proceso de refinamiento de la motricidad gruesa y se desarrolla a medida que el sistema neurológico madura. Si el sistema nervioso se desenvuelve correctamente, el niño será capaz de recortar formas con tijeras, dibujar líneas o círculos, doblar ropa, sostener y escribir con un lápiz, apilar bloques o cerrar una cremallera.

Para poner en sintonía la destreza manual con la capacidad visual y fomentar una correcta progresión, se pueden hacer muchas actividades: ejercicios con  pintura, con lápices, con tijeras, con punción, con plastilina o juegos de construcciones, etc.

En algunos casos, es posible detectar problemas de motricidad en un niño, sobre todo si se observan algunas de estas conductas (no dejan de ser las más comunes):

  • Su comportamiento motriz no se corresponde con su edad.
  • Tiene dificultades para vestirse.
  • Se le caen las cosas de la mano a menudo.
  • Tropieza con frecuencia.
  • Tiene mala caligrafía o le cuesta escribir.
  • Tiene dificultad en la pronunciación de algunas palabras.

Cuando observamos cualquiera de estas conductas en nuestros hijos, es recomendable acudir a especialistas, como los psicopedagogos o los logopedas.

Un mal desarrollo de la motricidad fina en un niño puede tener consecuencias nefastas en su vida presente y futura. Aparte de tener lidiar con un hándicap en su vida cotidiana, puede recibir burlas de los demás compañeros, sentirse ridiculizado o torpe. Su confianza y autoestima pueden resultar gravemente afectadas, por lo que es posible que sufra estrés emocional, que a menudo deriva en comportamientos agresivos y trastornos de aprendizaje.

Para evitarlo, tanto los padres como los profesionales de la enseñanza deben estar en alerta e intentar detectar estos problemas cuanto antes para aportar soluciones

Se pueden programar y realizar distintas actividades, en grupo o individuales para incrementar la habilidad motriz de l@s niñ@s,  así como su autoestima.

Fotografías (por orden de aparición) de Valentina Yachichurova y de Alice Carrier

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